LENGUA
Ayer fue 11 de agosto: fecha de un Mito Fundador. Acontecimiento bíblico, a partir del cual se desprenden todas las historias. Los estudiantes heroicos desplazan la versión que los convierte en carne de canon de una epopeya, para la cual habrá una recompensa por servicios rendidos. Ya habría antecedentes para reproducir la formula: jóvenes becarios enviados por Vekemans para fortalecer la formación en técnicas de manejo de la conflictividad del movimiento social. Regresarían para convertirse en asesores de comité central, habilitados por una dosis de marxismo marmicoc, convenientemente adquirido en la Feria de las Ilusiones. De eso trata ARGEL: de las condiciones de un regreso, previa acomodación de la superficie de recepción. Una cosa lleva a la otra. El 11 de agosto de 1967 fue la fecha elegida para realizar la Toma de la Universidad. Es La Toma; es La Universidad; es el Origen. En el (con)texto de DESAL, el léxico ensayable es pertinente: en las universidades se genera el pensamiento crítico de la sociedad (a condicion de estar dirigido por nosotros). Hasta ese momento, la conducción de los partidos obreros, digamos -la muletilla-, no había encarnado la materialidad de la crítica teórica, reproduciendo un marxismo dogmático que esperaba el regreso de un nuevo instrumental orgánico, que debía producir la crítica estructural del destacamento cuya corporalidad debía ser portadora de un marxismo (verdaderamente) científico. El gran hallazgo fue la distinción entre un Joven Marx y un Marx Maduro que les permitiría convertir las nuevas modificaciones curriculares en vanguardia académica de las luchas del pueblo. Dicho lo cual, había que reformar ciertas estructuras que impedían el montaje de la producción critica. Para eso, había que ocupar la Universidad Católica un 11 de agosto, y conectar ambas estrategias de prestación de servicios, para ponerse a disposición “de los cambios”, trayendo en sus maletas las bibliografías que correspondían a la magnitud sintomal de la empresa narrativa, porque había que comenzar a escribir una nueva historia, dictada por la financiabilidad de las agencias americanas, en el (pre)texto de una guerra conceptual que oponía los armamentos intelectuales, tanto de procedencia francesa (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales) como de dependencia americana (habitables por la Fundación Fullbright, reforzada por la Inundación Rockefeller). Estos eran los dos grandes “sistemas del mundo” que se disputarían la conducción de las transferencias que debían sustituir la conducción clásica del movimiento social. Había que sustituir el olfato de los viejos dirigentes por las tecnologías de manejo de la gobernabilidad, que debían asesorar -es el introducido por la modernización lexical democratacristiana, en 1964-, el nuevo universo analítico que exigía la reforma curricular de la sociología, como lo sostendrían los directores de Siglas (CEREN-CESO) en la presentación de las actas del coloquio sobre problemas de transición al socialismo, en 1971, como tentativa del Científico post-weberiano para recalibrar la voracidad del Político. En esa ocasión, los italianos se colarían por una rendija, para inocular dos cosas: la lectura luxemburguiana de una transición improbable y la sutura que Lelio Basso intenta realizar con una ponencia magnifica sobre el uso de la legalidad en un periodo de regresión, mientras desde las p[aginas de “Punto Final” Manuel Cabieses advertía sobre las inconsistencias de un gobierno popular que no tenía las agallas (ni la fuerza) para aniquilar a quienes impedían el cumplimiento de su Programa. En suma: el 11 de agosto no sería más que una fecha-síntoma, destinada a modificar la pensabilidad de los cambios curriculares que debían convertir a la universidad en el motor de una crítica que sucumbiría por su propia inconsistencia, al no considerar que en todo proceso de transferencia hay una merma constitutiva, que determina las errancias interpretativas e interpelativas sobre las que se va a editar la nueva lengua de los becarios, en que será escrita la novela de su propia reproducción orgánica, como declinación de una “voluntad de ser”.
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