ESCORIA NARRATIVA
La forma en que ARGEL está escrita no corresponde a las necesidades que el tema plantea. El que explica, se complica. Algunos editores de la plaza han sostenido que Mellado escribe para no ser leído. El problema es otro: escribe sobre las maneras de cómo podría ser leído. La forma no correspondería al tipo de matrimonio que convendría a Swann. Ser un texto único en su género, significa privilegiar la experiencia literaria (sic) como trabajo de extrañamiento, alienación y perturbación de una masa documentaria en la que destaca una expresión que se convertirá en un bloque generativo: “matrimonio sin libreta”. La solución estaría en la frase siguiente (no hemos abandonado la primera página), alusiva a la masa documentaria perturbada por un exceso de escoria narrativa: desechos argumentales, subproductos de un debate que ha perdido calidad y que denota la ilegitimidad concupiscente de un pacto político, “anticipando un golpe de estado en el discurso”. La escoria moral es introducida en la novela, para producir la justificación teológica del tiranicidio. Lo que está sosteniendo la trama es un conflicto de fidelidades, a través de la metáfora relevada. Enrique Correa acusa a los “otros”, porque ya conoce el trabajo de la infidelidad, al haber promovido una ruptura familiar, que será tipificada por su participación en la Junta de Peñaflor, en enero de 1968. La novela es el relato del manejo de unos textos que son trabajados para servir de modelo social a un hundimiento; primero, de una familia política; segundo, de un gobierno. ARGEL recompone la ficción histórica acudiendo a la literalidad de un informe de campo, publicado por Manuel Cabieses en esa fecha, en el número 46 de revista “Punto Final”, con el título “Un monarca sin corona”, en cuyo primer párrafo señala: “En septiembre del año pasado estuvo en Santiago el periodista norteamericano, Carl T. Rowan, del “Evening Star”, que entrevistó al presidente Frei. Para este periódico, y otros de Estados Unidos, existía un factor de seria inquietud en la política chilena. Era la orientación de la directiva elegida por la Junta Nacional del Partido Demócrata Cristiano, el 15 de julio de 1967”. Todo lo cual es parte de la novela-por-venir. Mas aun, si se considera el segundo párrafo: “El “Evening Star” -que no descartaba “algún movimiento de parte de Frei para probar que el aun controla su partido”-, la posición de la directiva del senador Rafael Agustín Gumucio era censurable, porque “justifico los levantamientos armados en América Latina, afirmando que la doctrina de la Iglesia Católica, expuesta por Santo Tomas de Aquino aprueba el derrocamiento de los gobiernos tiránicos”. Pasarían seis años desde ese anuncio de manejo discursivo, para dar cuenta de una reversión argumental centrada en el mismo recurso, que recurre al naufragio cruzado destinado a producir un teatro de ilegitimacion, interpretado por un personaje distante cuya referencia en la novela compromete la figura de Jean-Bastien Thiry, brillante oficial del ejército francés, que atenta en 1962 contra la vida del General De Gaulle, porque sostenía que le asistía el derecho natural de terminar con la vida del tirano, por lo que fue enjuiciado, condenado y fusilado a comienzos de 1963. El caso introduce la (hipo)tesis del tiranicidio, en la novela, en el sentido de un tesis subordinada de antemano, repercutiendo en otros dos discursos locales. El primero es una publicación de revista “Tizona”, de mediados de 1972, en que un profesor español, Elías de Tejeda, elabora el argumento para situar a Salvador Allende en la posición del tirano; el segundo es la contribución de Claudio Orrego Vicuña a la escritura del texto que vota el Congreso en agosto de 1973. Operación discursiva que consiste en producir la prueba que permite poner a un sujeto fuera de la ley, para promover, luego, el deseo efectivo de su destitución. Deseo que debía fraguar la tesis de elegibilidad de un sustituto (para colmar el vacío). Los términos ya han sido expuestos: el documental que Armand Mattelart realiza en 1976, “La espiral”, parte con el discurso de Allende en el Estadio Nacional: “no tengo pasta de Mesías”. Imágenes de 1972 que son hechas aparecer en un filme de 1976, que no será apreciado por el exilio oficial, porque sostiene una reversión argumental, según la cual, el golpe militar no hubiera sido posible sin una política de masas de la burguesía chilena, que a la postre, demostraría ser, efectivamente, leninista. En el filme aparece una entrevista realizada a Eduardo Frei Montalva, por una televisión extranjera, probablemente, en la que sostiene de manera encriptada: “creo que la solución es el juicio del pueblo”. Refrendado por el derecho natural, estaba disponible para ensayar esa salida. Habría que proporcionar, sin embargo, el argumento adecuado. Esta sería una buena razón para explicar por qué este documental no fue proyectado por quienes iban a liderar “el regreso a la democracia del regreso”, mediante la operación de legitimación antes mencionada. Si el neotomismo belga fue la base argumental para sostener una política de aniquilación de la oligarquía, el tomismo hispano sirvió para edificar el argumento de la relegitimación de su sobrevivencia. Solo así, la oligarquía pudo introducir por la ventana el Plan que permitió re patrimonializar la sociedad chilena, para ser fiel al mandato arcaico de la Hacienda. ARGEL no es más que una novela sobre el corrimiento de masas documentales disponibles para montar el relato de la degradación compositiva del Verbo de Chile.
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