SISTEMA



Esta fotografía corresponde a la proyección de las primeras páginas del catálogo que será impreso en Buenos Aires, para la exposición de Eugenio Dittborn en el Museo Nacional de Bellas Artes de dicha capital. Diseñado por Fernanda Pizarro, fue pensado como complemento grafico no ilustrativo, destinado a colocar los términos de un debate que se debe abrir, sobre la construcción del Sistema Dittborn; es decir, un conjunto de procedimientos y premisas con las que el artista monta su producción de pinturas aeropostales durante el periodo 1974-1982. El dibujo técnico (línea reprimida), el dibujo alzado (subversión de línea por mancha y escurrimiento de lo pictorico), así como el impreso fotomecánico de imágenes en proceso de desplazamiento, dan lugar a una pintura objetiva con que  materializa un drama irreparable, que  combina procedimientos de retracción y expansión de línea, bajo condiciones de restricción técnica que provienen  del campo del grabado en metal. Esta es la razón de por qué menciono la función de la corrosión en las entregas anteriores, a propósito de las deudas formales. Propongo poner atención en el hecho que esta imagen impresa  reproduce un dibujo realizado mediante la ejecución de una trama que logra “empastar” las zonas susceptibles de ser convertidas en mancha; es decir, la frente y el cuero cabelludo, así como la boca. En pintura, la boca es siempre una mancha ovalada de tinta. Esta frase se la escuche a mi maestro, Jean Lancri, en una conferencia, hace muchos años, en el Instituto Francés. Pude citar su nombre en el texto que escribí en 1988 sobre la obra de Eugenio Dittborn (El fantasma de la sequía), a propósito de la sección “Read-y-Made”. Entre 1982, el Sistema Dittborn ya estaba montado. Las pinturas aeropostales, después de esa fecha,  serian una magnifica solución táctica,  que se convertiría posteriormente en una  estrategia consecuente. Las bases del sistema ya habían sido  instaladas. Por eso concentré la atención en esta imagen del nadador, el sábado 7 de marzo en “Heredia-Taller”, en que diserté sobre cómo había imaginado la exposición para Buenos Aires. Fue impresa en la contraportada de una publicación excepcional que produjo Dittborn para contener los dos textos diagramáticos de Nelly Richard y Ronald Kay  escritos sobre su trabajo, en 1976. A raíz de esta pose, seré acusado de producir una sombra sobre la obra de Dittborn. Esta fotografía sería una prueba. La crítica no produciría  más que sombras. El dedo indicativo  portador del deseo reductivo de explicación, no hace más que parodiar miserablemente la tentativa de despegar una forma desde su causa material. Sobre un fondo de color, Dittborn realizó el intento de re/trazar el efecto de un contorno que permite extraer una forma desde un lecho de color. Didi-Huberman escribe en “La imagen abierta” que si el trazo y la línea son el instrumento privilegiado de la definición, en pintura, es porque tienen la virtud de trazar unos límites, para instalar la  separación, por ejemplo, de la imagen impresa y la imagen proyectada sobre un muro, que el extremo de mi dedo índice no alcanza a tocar. El gesto indicativo es similar al gesto que realiza Eugenio Dittborn en los dibujos que presenta en noviembre del 2023 en la Fundación Arquitectura Frágil, y que serán expuestos en Buenos Aires. Pero es Dittborn  quien le proporciona al trazo un estatuto, delimitando  el momento de paso de la causa material a  la causa formal, porque ese trazo, cuando define una forma, deja de ser ese polvo de carbón de espino que dispensa sus partículas sobre la superficie de la tela duck, para extraerlo de su forma material y darse a sí mismo un nacimiento “anadiómeno”; que es, justamente, lo que me había propuesto señalar, en esta imagen del nadador, cuya flotabilidad remite a un tema clásico de la pintura, Venus surgida de las aguas, que representa a la diosa naciendo de la espuma del mar. Este motivo mitológico se populariza en la pintura como en la poesía, si se toma en cuenta el célebre soneto paródico de Rimbaud (1870) en que  se refiere con ironía  al momento en que una mujer abandona la bañera, como si esta fuera una urna. No había remarcado que el rostro inclinado de este nadador, con su boca de tinta, anticipa una decapitación, ofrecida en bandeja (circulo encuadrado) como si fuera la cabeza de Juan Bautista. Pero es correcto: lo que hace funcionar el impreso es el fantasma de Perseo, separando la imagen del texto, en esta página magistral. 


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