LAUCHEO

 







En general, el jugador que en una pichanga de barrio aprovechaba una pelota que picaba en el área chica era considerado un “lauchero”. Es decir, el que está al “cateo”, atento, alerta, a la expectativa de que ocurra algo, en el arte chileno.  Digamos, al cateo de la imagen, similar a como un ratón de biblioteca escapa hábilmente del inventario de refranes y lugares comunes, que Dittborn convierte en yacimiento para la titulación de sus trabajos de 1976-1979. Es cuando elabora las bases de su Sistema, poniendo en ejecución un procedimiento restrictivo que condiciona la tecnología del comparecer. Al respecto, anticipa, en términos de obra visual, lo que otros delegan el términos discursivos. Dubois publica el “acto fotográfico” en 1983 (la traducción al castellano es de 1986). El texto de Guattari/Deleuze sobre la “rostroeidad”, es de 1980 en su versión francesa. La versión española es de 1986. Con esto quiero decir que Dittborn es un adelantado. Su obra anticipa los problemas relativos a las leyes de la semejanza,  apuntando al universalismo de la singularidad local como antecedente reversivo de una cultura de la transferencia. Por eso he terminado la entrega anterior con la referencia al “pie indicial”. Solo hay que echar adentro del arco la cita que rebota en el área chica textual que remite a la bella historia de las cabezas cortadas, cuya referencia se puede encontrar en el texto que Julia Kristeva escribe para la exposición “Visiones capitales”, presentada en el Louvre, en 1998 , por el departamento de artes gráficas. Pero esta lectura conduce a privilegiar la interpretación de la imagen del nadador, como una decapitación. Kristeva escribe sobre un recuerdo de infancia, en que su madre realiza el dibujo de un mono de nieve que pierde la cabeza. La madre había resuelto el dilema de un juego de infantes en que se preguntaban  cuál era el vehículo de transporte más veloz, y ella había dicho, “!el pensamiento!”. Ya vas a ver, le advirtió, no se puede dibujar un pensamiento. Ahí le quedo claro que solo la velocidad del pensamiento sobrepasa la velocidad de los cuerpos. Ese dibujo estará en el origen de sus angustias ante la muerte. El cuerpo pasajero del mono de nieve que comienza a perder la cabeza antes de borrarse en una posa de agua. Es probable que la única encarnación creíble sea la del pensamiento, que sabe dibujar unos seres porque es apta para capturar los vectores de su propia velocidad. Es mi traducción libre la que les propongo. El dibujo retiene lo sensible, más allá de los sensible, cortando una lonja material de lo sensible. Esa cabeza flotante del nadador se dirige a nuestra imaginación de un modo análogo a  un creyente cuya fe  participa más del icono que besa que de la imagen que mira. Por eso mis ojos no dejan de mirar esta cabeza cortada que flota depresiva sobre la bandeja que delimita la pulsión de castración. Pero esta es solo una hipótesis. Los únicos cuerpos  decapitados con que nos encontrábamos eran los de estatuas sin cabeza en algunos museos, hasta que los narcos comenzaron a decapitar como una práctica corriente y a llenar de cabezas grandes tambores. Recurrir a la serie de cabezas guillotinadas dibujadas por los asistentes de Jacques-Louis David pasa a ser un ejercicio plástico banal. Regresemos a las cabezas dibujadas: al cráneo, al rostro. El arte anticipa los rituales religiosos de los que forma parte y elabora sus poderes protectores. Antes de la invención de los dioses, las imágenes ya tenían el poder de proteger a los hombres prehistóricos del mundo de los espíritus y de la noche. Lo curioso es que esta actividad arcaica tenía por objeto sustraer esas efigies de la mirada, porque estaban destinadas a los muertos y esas creaciones debían serles restituidas, remitidas a lo invisible. Kristeva elabora esta hipótesis, según la cual se puede decir que estas imágenes eran literalmente “sacrificadas”.  Pero al poner en acto el sacrificio, se impregnaban de  potencia, y aun si no estaban destinadas a ser vistas,  tomaban lugar en el mundo de la apariencia y continuaban intercediendo ante los poderes invisibles, para trasponer sus virtudes a los vivos. En esto consiste su lógica sagrada, en cuya arqueología proto-artística el cráneo ocupa un lugar particular como soporte material del rito de invocación y de propiciación de los muertos.  Esto es lo que produce el laucheo de los textos que quedan picando en el área chica de las referencias. 


Comentarios

  1. Para los antiguos griegos el dios de los laucheros era Kairós, un dios menor (chicoco) pero habilidísimo para kachar el momento justo y meter el gol. Dios de la oportunidad por excelencia.

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    1. Ese esta bueno: KAIROS. Me parece que es el dios que orienta a Dittborn para inventar la aeropostalidad.

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