El curador no es importante. Uno hace el trabajo de conectar, de editar, de disponer, de montar una ficción verosímil. Lo que importan son las obras. Siempre he “trabajado” obras. Por eso hablo del Sistema Dittborn. He podido disponer de piezas, que corresponden a momentos específicos de producción, respondiendo a polémicas formales también específicas, en el seno de una escena. Todo sistema posee una historia de formación, que es la historia de adquisición de las habilidades, aptitudes, actitudes, herramientas, viajes, encuentros, lecturas, etc. La adquisición es otra forma de producción de si, como artista. Pienso en la primera obra reproducida, de Dittborn, el librillo de 20 x 21 cms, “20 jóvenes pintores chilenos”, editado en 1968 por Edith Pollner, diseñado por Nelson Leiva. Es una obra que podría ser calificada de informalista. La proto-pintura de un rostro. Dittborn ya se había ido, en 1965. Esta edición es de 1968. Lo incluyeron, estando fuera del país, con una obra con la que estaba rompiendo, a esas alturas. Con esa obra lo retenían. Dittborn ya estaba lejos de eso. Se había “planificado” en un taller industrial de serigrafia, donde se manejan grandes extensiones de color, por capas. Era la primera experiencia de la materia del color; digamos, de la corporalidad cromatizada de la figura. Desde el primer momento, la materialidad de la línea se ejerce en la sutura que delimita la facultad retentiva del cuerpo, producto de la tensión entre la expansión y el pliegue. Pero sobre todo, dispositivo de cierre. Siempre, en Dittborn, el cierre está en tensión con lo des/limitado, encontrado en un dibujo (caricatura) impreso de un náufrago en un islote, con una palmera y un resto de espinas de pescado. En ese dibujo reside la definición de su diagrama: el naufrago escruta el horizonte y pareciera decir “aquí no viene nadie”. Un náufrago en el espacio mundial del arte: por eso inventa, en los ochenta, la pintura aeropostal. Que dicho sea de paso, no tiene absolutamente nada que ver con el arte postal. Si bien fue invitado a participar en algunas experiencias de arte correo. Pero no hay que confundirse. Nada hay fuera de la isla-en-que-obra. La palmera es metonimia de refugio y la espina de pescado remite (jocosamente) a la alimentación maoísta. Esa que aparece condensada en el pensamiento de que no hay que darle un pez a un hombre, porque comerá un día, sino que se le debe ensenar a pescar, porque así comerá toda la vida. Lo he resumido en algún escrito anterior a propósito de la “Operación Saltamontes”. Cuestión de leer “Grabado: Hecho en Chile”. Hay que investigar en que consistió esa experiencia, en el seno de la Consejería de Desarrollo Social, durante la UP, que reemplaza a la Promoción Popular democratacristiana. Preguntemos en que fue lo que tuvo que trabajar Dittborn a su regreso a Chile en 1971. No será admitido en la Facultad. No es el mismo que aparece en “20 jóvenes pintores chilenos”. El maoísmo grafico que trae consigo no es ilustrativo, sino diagramático y lo conduce a realizar las exigencias del programa de Soporte/Superficie. Es preciso aprender a sobrevivir en una escena a la que no viene nadie, de visita, siquiera. Es la base de la teoría que expone en el texto que publica “Art Press” en septiembre de 1981, en ocasión de la presencia de un envío chileno a la Bienal de Paris. Esta es otra versión del “cierro” editorial de Edith Pollner, en 1968. Porque en el “(en)cierro” hay vecindades no deseadas. Para esa ocasión, Dittborn realiza una performance pictórica que registra en fotografía y se adelanta en el genero de la “photoperformance”. Escribe con pintura sobre el cuerpo de un animal: “a caballo regalado no se le mira el diente”. Desde un comienzo emplea el lugar común como yacimiento poético para titular sus obras. Cada título es un manifiesto. Los animales serán una plataforma de trabajo: el caballo peludo de 1981 contrasta con el hipopótamo rosado (afeitado) pintado en Paris en 1967. Hay que hacer conexiones. En 1967, existe Gilles Aillaud, que pinta un rinoceronte: animal político. El “cierro” es la jaula del zoo. Una escena plástica es un tipo de “(en)cierro”. El zoo es un “aparato de Estado”, homologable a la prisión, al hospital, a la escuela, a la viñeta de una historieta dibujada. La pintura es una práctica critica: el hipopótamo que pinta Dittborn en 1967 tiene la mitad de su masa corporal en una zona “húmeda” del cuadro, y depone su tracción delantera y sus fauces en la zona “seca”, en que picotean una gallinas de cresta roja (gallina de granja, broiler). La pintura fue realizada en 1967 y adquirida por un coleccionista francés que se refería a ella como “el retrato de Charles de Gaulle”, después de mayo 68, cuando triunfa en el Referéndum que desactiva la rebelión, en el marco de la sublimación represiva del neocapitalismo, descrito por Marcuse en “Un ensayo sobre la liberación”, que circula en las librerías en el Santiago de 1970. Ya lo dije: un curador no es importante. Las colecciones publicas recogen piezas dispersas y las incorporan con fórceps en “cierros” de guarda. Hay colecciones privadas que retienen y disponen los términos de un programa de valorización de hitos significativos; digamos, decisivos. Sería el caso, en esta exposición que se inaugura hoy en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires y sobre la cual realizare una visita guiada el viernes 20 a las 18 horas.
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