BARRA
Regresemos a las cabezas dibujadas: al cráneo, al rostro. Esta es la primera frase del segundo capítulo del ensayo de Kristeva “Visiones capitales”. Pero está mal citada. Solo decía “regresemos a la cabeza”. Agregué el dibujo, para someterme a la obra: las caras del rostro. No despegarme de su manu/factura. Todo esto de que debo hablar, ha sido realizado con barras cuadradas de carboncillo comprimido. Al visitar a Dittborn en noviembre del 2023, después de ver -varias veces- la exposición “Diez caras del rostro”, en la Fundación Arquitectura Frágil, este me mostró unos restos de barras. Incluso, me obsequió un trozo. Un fetiche. Pero esos restos, dispuestos sobre la cubierta blanca del mesón en el taller, me condujeron de inmediato a las fotografías reproducidas en las páginas 10 y 11 del libro “El cubo y el rostro” de G. Didi-Huberman. Lo lamento. Una cosa lleva a la otra. En la Nota Preliminar, este hace mención a una primera reflexión escrita para la exposición de Giacometti que realizó el Musée d´ Art Moderne de la Ville de Paris en 1991 y que tituló “Sobre las trece caras del Cubo”. La asociación que hago es extremadamente forzada, porque además, tiene la gravedad de comparar el objeto de Giacometti, realizado en 1934, con el resultado de la usura de la barra de carboncillo. El cubo, como se podrá ver, no es tal, sino un poliedro irregular que los catálogos describen como de doce caras. Llegaré hasta aquí para ajustar la conveniencia de la conexión. La usura de la barra al trazar produce las caras resultantes, como se puede apreciar en la fotografía que he adjuntado. En SISTEMA ya había escrito sobre ese momento de paso de la causa material a la causa formal, mediante el trazo que al definir una forma deja de ser ese polvo de carbón de espino que dispensa sus partículas sobre la superficie de la tela duck. El carboncillo es una herramienta de dibujo. El yeso es la materia de base con la que Giacometti modela el Cubo en dimensiones considerablemente mayores (94 x 54 x 59). Los restos de carboncillo que he atesorado alcanzan apenas 5 x 1,5 x 2 cms. Lo que importa es la forma que los aproxima y provoca estos hallazgos, que conduce a los capítulos que Didi-Huberman le destina al Cubo de Giacometti, y que pueden ser de gran utilidad para trabajar sobre “las caras del rostro”, en Dittborn, particularmente a partir de la “cara del dibujo que busca su volumen” y la “cara de los cuerpos que se deshacen”, para llegar a la ”caras de las cabezas muertas”. Estos son los títulos de los capítulos del libro de Didi-Huberman. Justamente, porque al enfrentarme por primera vez a estos dibujos de Dittborn, pensé de inmediato en cráneos, en cabezas muertas, en máscaras superpuestas. De este modo podía conectar la anamorfosis en Holbein y las máscaras africanas de la colección Guillaume. En la Orangerie, donde está expuesta, hay una máscara dogon junto a un retrato realizado por Modigliani. Para complicar las cosas. Aunque esta máscara me condujo, más bien, al libro de Jean Clair, “Elogio de lo visible”. Y de inmediato, al fragmento de un texto de Roberto Merino, sobre Dittborn, en que hace referencia a la incidencia que tiene la máscara africana que Alejandra Dittborn le envía por encomienda, desde África, antes de viajar a Roma, donde falleció a causa de un virus letal. Eugenio Dittborn recibe la encomienda después de su muerte. Porque, a decir verdad, esta fue la primera asociación que se me vino a la cabeza, cuando asistí a la inauguración de “Diez caras del rostro”. Homenaje filial. Didi-Huberman escribe: “la cabeza entendida como pérdida del rostro y como gestión de esa misma pérdida”. A esto me ha conducido la materialidad de un resto de carboncillo. La función del “resto” de la herramienta (barra de carbón vegetal) es fijar la trazabilidad calcinada de un rostro perdido, objeto insignificante, objeto de terror, cargado de espanto, como límite del retrato.
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