ARGEL





¿Por qué Argel? Por tres cosas: primero, el putsch de Argel; segundo, el Pleno de Argel; tercero, “La batalla de Argel”. Además, la palabra “argel” se ve favorecida por la homofonía parcial con la palabra “arcilla”; es decir, el modelado de una escritura sobre las inadecuaciones citables de un imaginario fallido. La batalla pone en relación lo político y lo militar. El putsch es un intento de resolver en el terreno de lo militar, un problema político. Gran error.  El Pleno declara la derrota militar como causa de una modificación política estratégica. Me refiero a la incidencia programática del socialismo chileno, que dirime en Berlín las responsabilidades ante la historia.  Pero siempre, a pesar de lo que escriba Clodomiro Almeyda en 1968, en la revista de Estudios Internacionales, en que promueve el estatuto académico a una reflexión sobre la guerrilla, después de regresar de la Conferencia de la OLAS.  La derrota militar es la culminación de un proceso de degradación política de la propia milicia. En verdad, es otra versión de la derrota política, porque entra en el terreno de lo irreparable, a raíz de  la declinación del concepto de doble estrategia, puesto en crisis en Chaihuin, a comienzos de 1970, cuando no había sido exhibida, en Chile, la película de Pontecorvo, “La batalla de Argel” y Regis Debray le tomaba examen a Salvador Allende. Solo entonces, debajo de la palabra impresa  viene el dibujo de Eugenio Téllez, como zócalo, en la portada, para reproducir la imagen de un sujeto con impermeable y sombrero que camina sobre una línea divisoria, llevando en una mano un porta-documentos. Pareciera que lo hace sobre la calzada y que los pies están ocultos por el borde de la cuneta. Pero puede ser que la línea le haya cortado los pies, como el hombre de la cueva de Morín, cuyo resto petrificado  pude conocer en el museo de sitio junto al ingreso a la cueva de Altamira, en Santillana-del-Mar. Es un enterramiento auriñaciense de hace 30.000 años. No se encontraron huesos fosilizados, sino un molde de tierra arcillosa que conservaba la forma del cuerpo. Lo que más me impresionó cuando lo vi es que tenía los pies seccionados. Supuse que era para impedirle regresar al mundo de los vivos. Llevaba un cervatillo en la espalda, para el largo viaje. La cueva tenía el mismo nombre que Edgar Morin, cuyo capítulo sobre pintura y sepultura me hizo estallar la cabeza cuando lo leí a comienzos de los ochenta. Su antropología compleja me hace pensar, hoy,  en el dibujo de Eugenio Téllez. En vez de cervatillo, el hombre porta un maletín con manuscritos. Es así como se debe  entender, porque la pieza es un homenaje a Walter Benjamin.  Una maleta es insuficiente para alojar una vida, escribe Iván Ríos Gascón en Revista Milenio, en octubre del 2020. A su juicio, una maleta sugiere a Benjamin la ilusión de remolcar al otro. De este modo, este dibujo con esta valija y los pies seccionados me acarrea hacia la irremediable condición de quien cruza una frontera, queriendo dejar los zapatos de este otro lado. Pero debe atravesar la línea y ser conducido por una sombra acarreada. Sin embargo, en esta sombra, no hay rastro del maletín. Este ha quedado “acá”, en el otro lado de la línea que le ha cortado los pies, que ya no pueden sostener una Nota, remisible al resto del cuerpo. Los zapatos son citables como “notas y comentarios” que podrían no calzar, como otrora, los “zapatos de Leppe”, que recitaba en una performance  el verso de Nicanor Parra, “mis zapatos son como dos ataúdes”.  La sombra es resumida como una merma de cuerpo, impresión pompeyana de ceniza, monumento a una travesía fallida, porque del otro lado está estampada la proyección  del combatiente, cuyo cuerpo se extiende  sosteniendo la fotografía de Robert Capa, anticipando las mutilaciones de la república española. Si me quieres escribir, / ya sabes mi paradero, / en el frente de batalla, / primera línea de fuego. 


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