CARAS
“Todas las caras del rostro” de Eugenio Dittborn es un trabajo que reúne diez dibujos a carboncillo fijados con espray sobre tela de nylon de 3 metros por 1 metro y medio. Cada una de las figuras está hecha con trazos gruesos que recogen la marca de las junturas del muro de madera sobre el que ha sido extendida la tela, en su taller. Se puede observar la secuencia estratificada de semblantes con rasgos maníacos y facciones contritas, algunos de los cuales parecen sufrir trastornos, dolores, ensimismamientos. Otros tienen caras desencajadas por pulsiones cuya complexión es captada con ruda destreza. Dittborn logra realizar un gesto único, invirtiendo una velocidad gráfica que combina el automatismo mental y el automatismo manual, en que la mano va tan rápido como la lengua, ganando espacio para la ejecución abreviada de lo que Vitruvio denomina “monstra”; es decir, ese universo de “cosas no definidas”, “no terminadas”, que son como fantasmas metamorfoseados grotescamente encarnados, ejecutados con un facilidad muscular cuya pericia conjuga con soltura caricatura y referencias clásicas, creando fulanos en crisis, fagocitados por sus muecas que portan un humor oscuro y sarcástico. Dittborn desarma y reconfigura el rictus tortuoso y ambiguo de rostros carcomidos por las afectaciones perturbadas de una incómoda y remilgada fisionomía. Así opera la línea, por la cual la imagen sensible proyecta una “más allá” inteligible, mediante un “efecto de trazo” que define un límite, una forma, habilitada por el polvo de carbón de espino dispensando sus partículas sobre la superficie. De este modo, ejerce su capacidad de engendramiento de las formas, sobrepasando lo dibujado, mediante un trazo que sobre-sale, fuera del plano físico de la tela, dando la impresión que hay otro diagrama detrás del que da la cara, sugiriendo entre sus líneas algo más de lo dibujado, entre la epidermis y las profundidades de un trazo encarnado que designa el trabajo mismo de la figurabilidad, en sentido freudiano: la imagen, inapta a las relaciones lógicas, sabe sin embargo relevarlas, sacándoles partido, manipulándolas, multiplicándolas, enloqueciéndolas (Didi-Huberman, “L’image ouverte”). No hay distancia entre el pensamiento y la mano: mediante la ironía triunfante de su ejecución, Dittborn captura y re/traza, en la superposición de sus caras visibles, la concentración de la interioridad puesta fuera-de-si.
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